El eventual endurecimiento de la política de Estados Unidos hacia Latinoamérica bajo una nueva etapa de Donald Trump ha colocado al régimen de Ortega–Murillo ante un escenario de presión creciente, aislamiento internacional y fragilidad interna.
Analistas coinciden en que el régimen de Managua enfrenta un punto de inflexión que obliga a la pareja presidencial a replantear sus estrategias de resistencia y supervivencia política.
Según el sociólogo y analista político Óscar René Vargas, el contexto internacional ha reducido drásticamente el margen de maniobra del régimen.
El “factor Trump”, sumado al precedente venezolano y al endurecimiento del discurso estadounidense sobre regímenes autoritarios, vuelve inviable el inmovilismo represivo como única respuesta.
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Escenarios posibles ante la presión internacional
El análisis identifica cinco escenarios de salida o contención, aunque dos concentran hoy la mayor atención del régimen.
El primero es un “entendimiento” o salida negociada, que Vargas consideró el más probable.
En este escenario, el poder estaría dispuesto a ceder cuotas políticas para preservar el núcleo del régimen, incluso adelantando elecciones a inicios de 2027 como táctica para ganar tiempo.
Es una maniobra que recuerda a la jugada de 1989, cuando el sandinismo abrió un proceso electoral bajo presión internacional.
Este escenario se apoyaría en una “justicia selectiva”, en la que mandos intermedios podrían ser sacrificados para proteger a la pareja presidencial y a su círculo más cercano, evitando así un colapso total o procesos judiciales internacionales.
El segundo escenario
El segundo escenario es el inmovilismo y la represión sostenida, que implica mantener el control absoluto mediante la fuerza.
Sin embargo, las fuentes coinciden en que esta vía es cada vez más insostenible debido al aislamiento diplomático, el desgaste económico y el riesgo de sanciones más severas.
Otros escenarios, aunque menos inmediatos, siguen presentes en los cálculos del poder. Uno es la eventual conformación de una junta cívico-militar, impulsada como salida de emergencia si el régimen se niega a negociar y enfrenta un colapso abrupto.
Otro es el llamado “espejo de Venezuela”, con una crisis prolongada, figuras paralelas de poder y un conflicto de legitimidades que podría extenderse durante años.
Claves de la estrategia de resistencia
Para enfrentar las “jugadas” de Washington, el régimen se apoya en una serie de pilares tácticos.
El primero es ganar tiempo. Prolongar cualquier negociación permitiría llegar a noviembre de 2026, cuando se celebran las elecciones de medio término en Estados Unidos, con la esperanza de que un nuevo equilibrio en el Congreso limite el margen de acción de Trump.
Otro eje central es la alianza con el gran capital. Pese a su discurso ideológico, el orteguismo ha mantenido una relación funcional con la burguesía rentista y el sistema financiero.
Entre 2018 y 2024, estos sectores habrían acumulado ganancias millonarias, y el régimen utiliza esta red —incluida la banca privada como Banpro— para proteger activos y amortiguar el impacto de sanciones.
A ello se suma el uso de las reservas internacionales del Banco Central, concebidas como un colchón para resistir entre cuatro y cinco meses ante un eventual bloqueo económico, una lógica heredada de la década de 1980.
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Oposición débil y geopolítica simbólica
El control del Ejército es otro factor decisivo. El régimen vigila de cerca al Consejo Militar y realiza purgas constantes en instituciones clave como el sistema judicial y el Ministerio de Salud para eliminar cualquier señal de fisura interna.
La lealtad absoluta lo ve como un requisito de supervivencia.
Ortega también cuenta con la debilidad y fragmentación de la oposición, incapaz hasta ahora de articular un proyecto político coherente.
Este vacío permite al régimen presentarse ante la comunidad internacional como el único actor capaz de garantizar “orden” y estabilidad.
En el plano externo, Managua explota la geopolítica multipolar, proyectando respaldo de Rusia, China e Irán.
Sin embargo, analistas subrayan que ese apoyo es en gran medida simbólico y propagandístico, muy lejos del compromiso que esos actores han mostrado con Venezuela.
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Elecciones adelantadas como válvula de escape
En este contexto, el adelanto de elecciones a febrero de 2027 aparece como una válvula de escape, no como un gesto democrático.
La maniobra busca ganar tiempo, aliviar presiones internas —del Ejército, de la familia Ortega-Murillo y de los sectores enriquecidos bajo el régimen— y forzar un proceso electoral bajo reglas controladas, antes de que la oposición logre reorganizarse.
La estrategia, coinciden los analistas, se asemeja a la de un jugador de ajedrez acorralado: mover piezas lateralmente para evitar el jaque mate, mientras el reloj político avanza y el margen de error se reduce.
