El crimen organizado domina el territorio, el dinero y la información. Un estudio revela que la falta de coordinación regional y la corrupción permiten que la mayoría de las operaciones ilícitas circulen libremente por el istmo.
El informe “Drugs, Guns and Cash: A Strategic Threat to the Americas” señala que más del 80% de los flujos ilegales de dinero, drogas y armas en Centroamérica se mueven sin ser detectados por las autoridades. La región se ha convertido en una “autopista criminal” con múltiples ramales y escasa presencia estatal.
El documento explica que las organizaciones delictivas operan con una estructura flexible y transnacional. Usan empresas fachada, rutas marítimas encubiertas y redes financieras paralelas para mover capitales que superan los 10 mil millones de dólares anuales.
Según el estudio, el crimen organizado ha aprendido a adaptarse más rápido que los Estados. Mientras los gobiernos debaten leyes o acuerdos, los carteles reconfiguran sus operaciones en tiempo real, trasladando sus centros logísticos y aprovechando vacíos legales.

El informe advierte que esta falta de sincronización institucional convierte a Centroamérica en el eslabón más débil del hemisferio. Las fronteras permeables, la falta de controles aduaneros y la corrupción judicial permiten que los flujos ilícitos se mezclen con los legales.
Las zonas rojas
El texto identifica tres “zonas rojas” donde el crimen domina sin resistencia: el corredor del Caribe hondureño, el norte de Guatemala y la costa pacífica de Nicaragua. En esas áreas, las autoridades locales carecen de recursos y son vulnerables a la cooptación.
Los autores subrayan que la región enfrenta una competencia geopolítica sin precedentes, donde potencias como Estados Unidos, China y Rusia buscan influencia económica y militar. Ese vacío de control es aprovechado por redes criminales que operan al margen de toda jurisdicción.
El informe plantea que el crimen organizado funciona como un “actor híbrido” que sustituye al Estado en algunas zonas, ofreciendo empleo, seguridad o infraestructura a cambio de lealtad. Esa legitimidad social complica la recuperación territorial.
También advierte sobre el papel creciente de las tecnologías financieras y las criptomonedas en el lavado de activos. Los grupos criminales usan billeteras digitales y plataformas internacionales para mover dinero sin dejar rastro bancario.

El documento propone crear una Unidad Regional de Inteligencia Económica y Cibernética, con sede en Guatemala, que permita rastrear operaciones financieras sospechosas y ataques digitales vinculados al crimen.
Además, recomienda impulsar un acuerdo hemisférico contra el crimen organizado, con participación de América Latina, Estados Unidos y la Unión Europea, enfocado en control de fronteras, cooperación fiscal y desmantelamiento de redes de lavado.
El informe advierte que sin cooperación real, el 80% de los flujos ilegales seguirá pasando inadvertido, socavando las economías formales, debilitando la gobernabilidad y reduciendo la confianza ciudadana en las instituciones.
Los autores destacan la necesidad de modernizar los sistemas de aduanas y crear una base de datos regional sobre transporte marítimo, aéreo y terrestre, con trazabilidad en tiempo real de cargamentos y contenedores.

También instan a fortalecer la ciberseguridad y el control financiero, ya que el crimen digital y el lavado virtual son las nuevas fronteras de la delincuencia organizada en el istmo.
El documento concluye que sin integración ni voluntad política, el costo de la inacción será doble: más pobreza y más poder para el crimen. La región necesita una política común que combine inteligencia, tecnología y cooperación económica.
La advertencia final es contundente: si Centroamérica no se une frente al crimen transnacional, perderá no solo el control de sus fronteras, sino el de su propio futuro.







